Cuenta una preciosa leyenda maya que hace miles y miles de años, cuando los dioses comenzaron a crear a todas las criaturas del planeta, se olvidaron de crear un animal encargado de llevar de uno a otro lado los pensamientos. Así, a cada animal le habían otorgado un deber, una misión. Todos tenían algo importante que hacer. Pero no encargaron a ninguno el transportar los pensamientos.

Los dioses pensaron qué hacer, puesto que ya no les quedaba barro ni maíz para crear otro animal. Entonces escogieron una piedra de jade de tamaño pequeño, y tallaron sobre él con delicadeza un pájaro con forma de flecha. Al terminar de tallarlo, soplaron sobre él y salió volando. Acababan de crear al colibrí, al que llamaron en su lengua x’ts’unu’um.

Sus plumas brillaban reflejando todos los colores, y su vuelo era tan ligero, que podían moverse frente a una rosa sin mover ni uno solo de sus pétalos.

Su misión no era otra que la de llevar los pensamientos de un lugar a otro. Por eso los dioses prohibieron a los hombres capturarlo y encerrarlo en jaulas, pues no puede haber un pensamiento enjaulado en la faz de la Tierra.